
Hay un instante en la vida de un niño en el que deja de ser un niño.
Ojos azules.
Piel clara.
Sonrisa dulce y pícara.
Ángel inocente.
Ojos azules.
Piel clara.
Sonrisa rota y desconfiada.
Ángel que cayó y al levantarse perdió sus alas.
No importa qué edad tenga. Sucede sin más, sin preaviso.
Padre que grita a madre tras recibir una de sus miradas inquisidoras.
La gota que colmó el vaso.
Un vaso en la mesilla y la caja de ansiolíticos vacía.
Ojos azules observando y el grito se repite como un eco de sí mismo. ¡Basta ya! ¡He dicho que no lo hice!
¡Mentiroso! ¡Traidor! ¡Embustero!
Y un silencio.
Una mirada. Un grito. Una fuerza física arrojada contra el marido.
Chaqueta rota.
Camisa rasgada.
Pecho con sangre que es sombra de diez uñas nerviosas.
Y los ojos azules tiemblan, se humedecen sin llegar a ser fuente. El miedo los detiene. Los contiene.
Y el niño deja de ser quien era, para pasar a ser una duda, una incógnita…una culpa.
Sólo el tiempo cicatrizará una herida que siempre dará punzadas.


